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La primera parte de la clase de historia se había tornado una hazaña casi imposible de concretar. El sol que azotaba sin desgano la desprotegida construcción, emplazada en un paraje carente arboleda alguna, parecía burlarse despiadadamente de los aciagos estudiantes que empeñados en seguir las desvariadas palabras de su profesor, intentaban en vano situarse en una época lejana, soñando que tal vez entonces corría una brisa refrescante. La energía eléctrica se había extinguido, y los ventiladores pendían sobre sus cabezas como adornos incoherentes. Sus aspas detenidas parecían abocadas a una risa silenciosa, que colmaba la paciencia a más de uno. Armados con improvisados abanicos de papel, más acordes a la época narrada que a la suya, esperaban con ansia irrefrenada que las manecillas del reloj se dignaran a marcar, por fin, la hora gloriosa de la salida.
Pero seria solo un respiro, solo una bocanada de aire apacible, antes de hundirse nuevamente en la profundidad de aquella vieja historia, en alguna olvidada aula al final del pasillo.
La luz entraba oblicuamente por los amplios ventanales, dibujando extrañas y tenues formas en el piso desgastado. Los pupitres se apiñaban caprichosamente formando amplios espacios vacíos, y Mateo finalmente se sentó a mitad del aula, desde donde su visión del profesor se encontraba ampliamente reducida.
Ojeó sus apuntes una vez mas, antes de que el profesor entrara impetuosamente en el aula, provocando ese característico y casi ritual silencio, ¿de respeto tal vez? Proferido hacia el profesor.
El tema de la clase del día, no lo apasionaba demasiado; a decir verdad, le provocaba un enorme rechazo, aunque el profesor insistiera en reiterar que no podía juzgar solo al hombre, sino al hombre y su circunstancia. Y mateo se preguntaba, si la circunstancia era bastante para justificar pensamientos tan racistas, opiniones tan aberrantes que insultaban de por si al genero humano.
Pero no importaba lo que Mateo pensara, no podía cambiar la historia, se veía obligado a estudiarla, y para colmo el sistema educativo vigente impedía que pudiese al menos, descargar su ira en una opinión, por mas fundada que esta estuviera.
Pero la clase se torno mas interesante de lo que hubiese creído, cuando inesperadamente había dado un vuelco reflexivo, tornándose en un incipiente debate político, donde los cautos escuchaban y juzgaban en silencio, mientras los mas doctrinarios expresaban abiertamente sus opiniones, contrarias al indeseable sujeto, autor del texto que se comentaba.
Casi se había olvidado del sofocante calor, y hasta empezaba a ver con claridad, a pesar del insoportable reflejo que apuntaba directo a sus corneas, cundo el profesor trajo a Marx a su cita. Curioso personaje –pensó- para contrarrestar las tendencias asquerosamente liberales que se ponían en tela de juicio. La cita no encajaba adecuadamente con la primer acotación del profesor “juzgar al hombre y su circunstancia”.
Poniendo más atención que la que había dedicado al resto de la clase, Mateo se dispuso a escuchar minuciosamente las palabras que su profesor iba a pronunciar, cuando la clase se encontró sumida en un silencio tan palpable, que salio de pronto de su ensimismamiento. Miro a su alrededor buscando la fuente de tan peculiar silencio. El profesor se había quedado con la boca abierta en mitad de una frase que había comenzado “Marx planteaba la sociedad como…”
Entonces lo descubrió. En el rincón más lejano del aula la sumisa silueta de un niño, que no pasaba de los 6 años, se esculpía contra la mohosa pared, y parecía mimetizarse con ella. Sus ropas andrajosas evidenciaban los maltratos de años de uso. Parecían sucias, allí donde el tiempo había sido más tirano.
La remera se había descocido brutalmente, dejando al desnudo uno de sus hombros, que compulsivamente la criatura intentaba tapar. Sumisamente paso banco por banco, dejando silenciosamente sobre los pupitres, estampitas de colores. Algunos estudiantes las observaban con evidente desinterés, otros revolvían sus mochilas y bolsos en busca de alguna moneda; Mateo contemplaba la escena con pavor.
El silencio se mantenía inconmovible ante la cruel escena. Parecía totalmente incorrecto emitir palabra, y el aula se había colmado de un extraño sentimiento, algo intermedio entre la culpa y la lastima. El profesor seguía sin terminar la frase, y todos mantenían la mirada baja, como si los ojos de aquel niño que deambulaba silencioso, fuera una suerte de tribunal divino que pudiera juzgarlos por sus vastos pecados.
Estudiantes de ciencias sociales, bien vestidos y alimentados, con dinero suficiente para costearse los estudios, ¿se enfrentaban cara a cara con su objeto de estudio tal vez?
¿Futuros periodistas que algún día escribirán sobre niños como el?, ¿estudiantes de ciencias de la educación frente a quien nunca podrán aplicar sus conocimientos? ¿Próximos licenciados en minoridad y familia que lucharían para que niños como el no hagan lo que el estaba haciendo?
Impotencia era todo lo que Mateo podía sentir. Impotencia por todo lo que tenia, por todo lo que ese niño no podía tener, y seguramente jamás tendría.
Evocar a Marx parecía una risible paradoja ante la imagen que estaban viendo. El símbolo de la utopía de la igualdad, el exponente máximo del comunismo, el estandarte de la revolución, traído al presente en el mismo momento en que se corroboraba, una vez mas que no había sucedido, que no era posible, que no había utopía en los ojos de ese niño que se retiraba lentamente arrastrando su futuro, con las manos repletas de estampitas, con los bolsillos tintineando por las monedas conseguidas.
Y Mateo pensaba que el silencio que sumió a la clase era tan diferente al proferido cuando ingreso el profesor. No había respeto en el aire, había culpa; culpa lisa y llanamente abarrotándose en los pupitres, rebotando en las paredes, reflejándose en las ventanas. La culpa de decenas de estudiantes por encontrarse en sus bancos universitarios, con sus pilas de apuntes, con su porvenir.
Confortando sus impotentes almas con la moneda que deslizaron tímidamente sobre la mesa, ¿alguien se plantearía en ese momento hacer algo realmente provechoso por ese niño, por todos los niños que recorrían los caminos repartiendo estampillas sumisamente?
Cuando el último remiendo de la remera desapareció de la vista, el silencio se torno mas liviano, y los ojos de los estudiantes retornaron al frente. Ya no parecía adecuado proseguir la cita de Marx, y el profesor eludió con facilidad el tema.
La clase se volvió monótona, otra vez “el hombre y su circunstancia”, otra vez la impotencia de opinar en contra, otra vez escuchar las salvajes opiniones de un indeseable sujeto, otra vez..
Y Mateo se quedo en silencio, fingiendo escuchar al profesor que había retomado enérgicamente las riendas del alumnado, pensando que hubiera sido más correcto, mas humano terminar la frase de Marx.