jueves, 1 de enero de 2009

Reflexión de una anécdota prestada (parte III)


Un librepensador es una persona que forma sus opiniones sobre la base de la razón, independientemente de la religión, la tradición, la autoridad y las ideas establecidas, para ser dueño de sus propias decisiones. El término librepensamiento define una actitud filosófica consistente en rechazar todo dogmatismo, bien sea de tipo religioso o de cualquier otra clase, y confiar en la razón para distinguir lo verdadero de lo falso.



Sentada en ese sillón suavizado por el paso del tiempo, aun no estaba segura porque estaba allí. Mi profesor misterioso daba vueltas por la sala de su casa, sin decidirse del todo a sentarse frente a mí.
Lo miraba ahora, algo entristecida. Su figura esbelta e imponente, me parecía ahora mas humana, menos idílica.
Su triste vida, marcada por la más cruenta humillación y degradación del año 1976, lo había llevado a callar, aun mientras hablaba. La condena que cumplía sumisamente a pasarse la vida entre alumnos, que jamás se reconocerían a si mismos como estudiantes, evaporaba gota a gota el sudor de la lucha que algún día habría corrido por su cetrina piel. Entendí entonces, que aquello que había dicho en la primera clase, esas palabras que sonaron en mi cráneo como furiosos alaridos de liberación, eran simples murmullos acallados por un silencio generacional, por una consciencia interna que lo obligaba a callar por siempre.
Sentí pena por su alma desvencijada, por sus ideales destartalados, por sus alaridos acallados por la sangrienta masacre de ideales.
¿Era mi deber arrastrarlo impunemente a la lucha, a esa lucha a la que el me había llamado sin avisar? ¿O debía acaso consolar sus derrumbados sueños revolucionarios y decirle que todo estaba bien?
Después de todo, sus susurros inconsistentes me habían obligado a seguir un camino que ahora me llenaba de orgullo y de valor; esa lucha era ahora MI lucha, el abrió mis ojos, el puso el grito en mi voz…
Ese error, ese imperceptible error se mostraba ante mí ahora con una claridad estremecedora. Mi mundo ya no sangraba, ya no lloraba, ya no me señalaba culpable de mis actos. Revelarme me había liberado.
Entendí que vivir en el sistema no me hacia responsable si luchaba contra el.
Mi profesor, por fin se había sentado, y veía sus ojos
inquietos indagar en mi mirada desde el otro lado de la sala.
-Gracias.
Murmure.
Una sonrisa cómplice se dibujo en su rostro; y aun indecisa de mis propias acciones deslice sobre la mesa un folleto revolucionario que escondía en mi bolsillo…el fingió no verlo.
Meses mas tarde, divise su rostro perdido en una multitud que se manifestaba por los derechos humanos. A lo lejos, pude leer sus labios, que esta vez sin temor dijeron: “Gracias”



“Lo único que necesita el mal para triunfar es que los hombre de bien no hagan nada para impedirlo”

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