Esta sentada frente a la computadora. Tiene una mano sobre el Mouse, y se escucha intermitentemente un “click”. No puedo distinguir con exactitud donde terminan sus delgados dedos, y donde comienza el pequeño aparato.
La otra mano, se desliza hábilmente por el teclado, es otra extensión de su cuerpo. Lo domina, lo somete, y sin demostrarlo le provoca un placer que no siente. Cada tecla es una célula viva en su ser.
Esta extremadamente inclinada hacia delante. Desarrollo una peculiar joroba en el último tiempo, como si una parte de ese infernal aparato hubiera germinado y crecido dentro de ella. Recuerdo las primeras veces, cuando se recostaba sobre su espalda, placidamente. Ahora, se queja constantemente del dolor.
Tiene los ojos clavados en el monitor, pero de una forma ríspida, penetrante, como si pudiera ver mas allá de la pantalla, del otro lado. No puedo asegurar que es exactamente lo que esta mirando, que punto fijo, que espacio, que carácter; no logro determinar si lo hace con interés o indiferencia. Los pixeles en la pantalla parecieran desordenarse dentro de ella. No alcanzo a percibir lo que siente, no se si aun siente. No estoy seguro de que aun sepa que la estoy mirando.
Veo letras, palabras, frases, párrafos enteros. Es curioso como su rostro parece entender lo que dicen, pero su vista no se aparta de un único punto fijo. Los ojos parecen contraerse por momentos, y luego, una inabarcable calma de inmovilidad. Su rostro adquiere un gesto expectante, algo similar a una emoción, o lo que quedo de ella. Pareciera que de un momento a otro hundirá su nariz en la pantalla, y se mimetizaran en una silenciosa metamorfosis. Yo la miro, esperando un suceso que no sucede, porque nada ocurre, porque todo continúa el mismo monótono ritmo. Un dedo se desliza en el teclado, un click quiebra el silencio hasta parecer ensordecedor, y luego la nada, el vacío inconsistente.
Puedo pasar horas mirándola, simplemente allí, sentada.
Espero. Aun alucino con que en algún momento reaccionara. Sigo esperando, y sin darme cuenta, estoy inmóvil, tan inmóvil, más inmóvil que ella.
Continúo observándola. Espero. Mi cuerpo se ha vuelto tan ríspido como su mirada. Mis órganos se acostumbran a su quietud, van perdiendo inercia.
La miro. Parece que esta vez si, va a suceder, va a fundirse, ¡va a dejarme para siempre! ¡Va a hacerlo! Casi puedo sentirlo, ocurrirá…es inminente.
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